El látigo ensordecedor volvió a rasgar la piel peluda, sangrienta y sudada del animal. Fue así como se apagó el latido del corazón de ese enorme equino de cuatro patas, negro y enorme que nació algún día en una finca en un país muy lejano. No había nacido para trabajos forzosos porque sus padres provenían de un prestigioso linaje de pura sangre inglesa que eran utilizados para el deporte hípico, así que su destino estaba fijado desde antes que fuera concebido.
Tenía la agilidad y la fuerza de sus antepasados aun cuando solo contaba con 10 meses de nacido, pero lo más hermoso de este ejemplar era su pelaje negro que lo cubría casi en su totalidad. Fue por ese motivo que el famoso criador de caballos y excelente jinete, Juan Antonio Jiménez, decidió comprarlo y amaestrarlo en el arte del hipismo. Le enseñó a trotar con la cabeza siempre en alto, a galopar con la simple sensación de necesidad de aumentar la velocidad (cuando el jinete lo deseaba) y a obedecer a la primera orden, todo sin golpearlo una sola vez. Estaba más que claro que hasta el más mínimo deseo del dueño, el caballo lo cumplía y con honores, pues su relación estaba basada en el respeto mutuo.
Así fue como ganaron una gran cantidad de trofeos y medallas en todas las expresiones hípicas, desde el salto hasta el adiestramiento, sin dejar de lado el que los combina a ambos. No se puede decir que siempre fueran primer lugar esos premios puesto que, al igual que él, muchos otros caballos contaban con excelentes entrenadores y también venían de padres que habían logrado grandes hazañas en sus épocas gloriosas. Pero este ejemplar siempre logró destacarse en los concursos y de eso se enorgullecía Juan Antonio Jiménez, quien decidió que finalmente había llegado el momento para prolongar el linaje del caballo, cruzándolo con una yegua que también había dejado frutos a sus dueños y, además, era color negro como él. Para lograrlo, el caballo debía pasar todo un mes en la finca de los dueños de la yegua, como siempre se había hecho con todos los de esta especie desde que el hombre había decidido amaestrarlos.
Llevaba dos semanas en ese nuevo sitio con olores distintos a los que acostumbraba, junto a una yegua de su misma especie que había visto varias veces en los concursos a los que Juan Antonio Jiménez lo había llevado. Todo era nuevo y extrañamente hermoso, pero no podía soportar la idea de estar alejado de su dueño, necesitaba a ese hombre que se había convertido en el único ser viviente que entendía lo que hacía.
Por eso fue que se emocionó cuando un camión llegó en horas de la noche a recogerlo. No se dio cuenta de que este remolque no se parecía en lo más mínimo al que usaba siempre que se movilizaba sino hasta que despertó al otro día y no pudo reconocer la puerta por la que entraba o salía.
Llegó a un sitio al que le hacía falta el olor a pasto y hojas de árboles. Evitó desde el primer paso el camino hacia el establo y tampoco dejó que le pusieran la silla, las riendas o cualquier elemento hípico porque no estaba seguro de que fuera su dueño el que dejara colocar sobre su cuerpo esas cosas viejas y usadas, cuyo olor era más cercano al sudor que al jabón. Sin embargo, todo quedó más claro cuando vio a ese enorme, gordo y viejo hombre que se aproximaba caminando con sus botas, de las cuales salían un par de protuberancias plateadas con puntas afiladas. Este hombre tenía gran fuerza y determinación así que logró ensillar al caballo y, acto seguido, montó sobre el animal.
Como el cuadrúpedo no seguía una sola orden que el grasiento hombre le daba, este optó por utilizar sus espuelas, causando un gran dolor en el animal. Este último se vio resignado a hacer cualquier cosa que el hombre le ordenase, pero los golpes con las espuelas no cesaron y rápidamente fueron cambiados por métodos más agresivos que incluían el golpe con cualquier objeto contundente que se encontrara a la mano, por lo que de aquel caballo tan hermoso que alguna vez nació, lo único que quedó fue un harapiento y viejo semental de color indeterminable.
Al cabo de tres meses, el caballo no puedo más con ese trato y decidió que ese día todo iba a acabar, lucharía hasta que la última gota de sangre se escurriera de su cuerpo. Y así hizo, no acató una sola orden y fue de esta manera como los usuales golpes comenzaron; el caballo solo pensaba en su adorado amo que le había tratado con todo el respeto y cariño posibles. De esta forma fue que logró noquear a un par de hombres, pero su cuerpo cedió con el último golpe de látigo que recibió por parte de ese horrible ser humano que no comprendió cómo debía ser la relación entre el hombre y el caballo.
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