
Recordó cada paso que había dado ese día antes de subir en el caballo, desde el sonido del despertador que le quitaba el sueño cada día, hasta la sensación del lodo en la suela de sus botas. Ese despertador que hacía un ruido como el de una golondrina desafinada y mojada le hacía levantar de la cama para preparar su desayuno y el de los demás de la casa. Ese día comió una fruta porque el estómago lo sentía pequeño, pero aunque partió en pequeños trocitos lo que iba a comer, cada uno de estos llegó a su estómago como una fuerte bola de carbón prendida en fuego. Le temblaba cada extremidad de su cuerpo porque la emoción le había invadido, sentía que ese iba ser el principio del fin.
Tomó todos sus elementos de equitación: las botas, el casco, la fusta y los guantes, y los acomodó en su maletín azul. Se había bañado con agua muy tibia porque quería que esta le calmase un poco, pero cuando salió de la ducha volvió a sentir los temblores. Se vistió con los briches, una camiseta polo blanca, el blazer negro y unos tenis para el rato porque no quería ensuciar sus botas con el lodo que se había formado por las fuertes lluvias de días anteriores. Hoy había muy pocas nubes y el sol parecía tan fuerte que hasta podría secar todo el terreno. Pero no se hizo falsas ilusiones y por eso guardó un paraguas en el carro y salió hacia el club hípico en el que se presentaría su gran oportunidad.
Al llegar al club caminó hacia la pesebrera donde le aguardaba su fiel caballo. No quiso estar con él mucho tiempo porque no quería impregnarle los nervios, uno de los dos debía tranquilizar al otro, así que salió a encontrarse con su profesor. En el camino chocó su pie contra un pequeña roca que casi le hace besar el piso, pero en ese momento pasó por su lado un señor que le evito la caída; además, no sentía correr por sus venas ni una gota de amor por la tierra mojada. Llegó donde se encontraba Alfredo y conversó con él sobre la rutina que iría a presentar ante los jueces. La dijo de memoria, con éxito, unas cinco veces para comprobar que no la iba a olvidar. Escuchó el sonido de su estómago y se dispuso a ir a comprar un sándwich de jamón y queso para callar el sonido, pero antes de que pudiera levantarse de la silla en la que se había sentado junto a Alfredo, llegó un gran amigo con el que había entrenado durante los últimos dos meses. No dudó ni un segundo en ir a saludarlo porque sentía que era su hermano, pero este parecía muy ocupado en sus propios asuntos, así que no interrumpió su conversación. Finalmente llegó al comedor, donde pidió su sándwich y un vaso de agua (todavía sentía pequeña la boca de su estómago pero tenía que comer algo porque o sino iba a desmayarse). Llevó la comida a su boca pero no pudo saborear el jamón, el queso o el pan porque hacía grandes mordiscos y a duras penas masticaba lo que comía. Tenía que relajarse y por eso fue hacia el carro, donde guardaba un termo con un té de yerbas que había preparado por la mañana y que aún seguía caliente.
Caminó un poco alrededor del carro hasta que sintió que el temblor cesó y su respiración se normalizó. Ya casi eran las 2:00pm y debía prepararse para montar el caballo, llevarlo a calentar y luego a concursar. Agarró sus botas del maletín azul, se quitó los tenis y se puso el casco, y tomó la fusta. Se preparó para montar a su gran amigo, colocó su pie izquierdo sobre el estribo y con un pequeño impulso montó al animal que hasta el momento no lo había decepcionado. Se sentía feliz porque estaba a punto de lograr transformar su vida. Llevó al caballo hacia el picadero para calentar, comenzó con unas vueltas caminando para conectase con el animal, luego lo hizo trotar un poco (haciendo giros de vez en cuando y cambiando de sentido cada que podía), después hizo que el caballo galopara libremente. Así siguió su calentamiento, hasta que escuchó su nombre por el parlante y se dirigió hacia el otro picadero, donde estaba llena la tribuna y los jueces lo esperaban.
Mientras se dirigía hacia el otro picadero recordó nuevamente su rutina. Llegó a su destino, saludó a los jueces bajando la cabeza y comenzó a recorrer la pista haciendo las vueltas, los cambios de cadencia, y todo lo que había practicado durante esos dos meses. Salió perfecta su presentación y no olvidó despedirse de los jueces. De regreso al establo sintió que todo ese esfuerzo que había puesto esas ocho semanas habían rendido frutos, pero de su mente no salía el pensamiento de que podría acabar todo. No podía ilusionarse por unos resultados que solo resonaban en su cabeza, así que decidió ir a saludar por fin a su amigo. Lo encontró sentado en las gradas, mirando a los otros concursantes; este le dio un gran abrazo de felicidad, se veía en sus ojos el orgullo que sentía.
Terminaron de mirar a todos los concursantes, siempre con la expectativa de que alguno se equivocara (porque está en la naturaleza del hombre esperar el fracaso de los demás para asegurar su propia victoria), pero casi ninguno cometió faltas, así que la tensión aumentó en todo el lugar.
Finalmente sucedió, los jueces habían decidido quiénes eran los ganadores y se disponían a leer el primer lugar, pero tuvieron que aclarar ante todos que, como la competencia había estado tan reñida, habían decidido premiar a dos concursantes por su excelente desempeño. Después del primer nombre, todo quedó en silencio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario