lunes, 21 de noviembre de 2011

El cuento de una pequeña Amazona

Ese día recibí la mejor experiencia de toda mi vida. Monté un enorme caballo que no hacía esfuerzo alguno por aminorar su marcha, aun cuando yo halaba las riendas con todas las fuerzas que mi pequeño cuerpo podía dar. No fue un agradable viaje a través del picadero, pues las marcas de las pisadas de los caballos, que creaban pequeñas montañas a las cuales no estaba habituada, me hacían rebotar.  Traté de borrarlas usando mi imaginación y el cuerpo del caballo que  montaba, hasta que decidí relajar todos mis músculos y dejarme llevar por el suave paso que me mecía, casi que me arrullaba.

Desperté del trance al ver que una hermosa y esbelta mujer sorteaba a través de una pista con unos obstáculos que superaban la altura del equino que montaba. La agilidad y naturalidad que acompañaba a esa pareja me hizo pensar que cuando fuera mayor, podría dedicarme a realizar ese tipo de ejercicios  y sería la más grande e importante competidora de salto.
Terminé mi primera clase de equitación con una gran emoción interior y no pude dejar de pensar en el momento preciso en que la mujer terminó su recorrido y, dándole unas palmaditas de cariño al caballo en su cuello, lo llevó a dar un paseo por el bosque cercano (supongo que allí lo llevaba a descansar y así  fortalecer el lazo que los).  Recuerdo haber esperado largas horas a la mujer que habría despertado en mí ese gusto por la equitación que me acompañaría hasta el día de mi muerte. Al volver, le pregunté por el secreto de su enorme habilidad  y destreza, a lo que me respondió con una simple palabra: “perseverancia”.  Desde ese momento, no he olvidado el gran secreto que ella  me confió y siempre que traté de desertar, en cualquier cosa que hiciera, con solo recordar esa palabra, una enorme fuerza surgía de mi interior y no me dejaba caer; aún no lo ha hecho.

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